Habían varios diezmos o por lo menos dos. El primero de ellos, se trataba de una décima parte de lo que producía la tierra, en otras palabras de los árboles frutales y de las vacadas y los rebaños (posiblemente sería el aumento que hubiesen experimentado estos rebaños), se llevaba al santuario y se les daba a los levitas, porque ellos no tenían ninguna herencia en la tierra, sino que estaban dedicados al servicio del santuario. (Le 27:30-32; Nú 18:21, 24.) Los levitas a su vez le daban una décima parte de lo que recibían al los sacerdotes (aarónicos) para su sustento. (Nú 18:25-29.)
En cuanto al grano este se trillaba y se le entregaba limpio a los levitas. Con las uvas se o el fruto de la vid convertía en vino y las aceitunas o fruto del olivo se convertia en aceite antes de entregarlos como diezmo. (Nú 18:27, 30; Ne 10:37.)
Pero si en lugar del diezmo del producto, un israelita deseaba dar el valor en dinero, podía hacerlo, pero tenía que añadir una quinta parte adicional al valor del producto. (Le 27:31.) El caso del rebaño y del hato era diferente. A medida que los animales salían por la puerta del corral uno a uno, el dueño marcaba con una vara uno de cada diez como el diezmo, sin examinarlo o seleccionarlo. (Le 27:32, 33.)
Había un segundo diezmo, que se apartaba cada año pero este era para otros propósitos muy distintos del apoyo directo a los sacerdotes levítas, aunque los levitas tambien recibían parte de él. Por lo general, las familias israelitas usaban este segundo diezmo y lo disfrutaban cuando se reunían en las grandes asambleas conocidas como fiestas nacionales.
En los casos en que la distancia a Jerusalén fuera demasiado grande para llevar hasta allí este diezmo, el producto se convertía en dinero, y este dinero, se usaba en Jerusalén para el mantenimiento y el disfrute de la familia durante la asamblea porque esta era una reunión o convocación santa. (Dt 12:4-7, 11, 17, 18; 14:22-27.) Hacia el final de cada tercer y sexto año del ciclo sabático de siete años, este diezmo, en vez de usarse para sufragar gastos en las asambleas nacionales, se apartaba para los levitas, residentes forasteros, viudas y huérfanos de la comunidad local. (Dt 14:28, 29; 26:12.)
Estas leyes sobre el diezmo a las que estaban sujetos los israelitas no eran excesivas. No hay que olvidar que Dios prometió hacer prosperar a Israel abriendo “las compuertas de los cielos” si se obedecían las leyes de los diezmos. (Mal 3:10; Dt 28:1, 2, 11-14.) Cuando el pueblo se hacía negligente respecto al pago del diezmo, el servicio del sacerdocio sufría, puesto que los sacerdotes y los levitas se veían obligados a trabajar seglarmente y por consiguiente descuidaban sus servicios ministeriales. (Ne 13:10.)
La Ley no decia que se tenia que castigar a la persona que no pagase el diezmo. Jehová colocó a los israelitas bajo la obligación moral de pagarlo en dos plazos o dos ciclos sabáticos, es decir, al final de cada tercer y sexto año. Cada persona tenían que confesar delante de Él que lo había pagado en su totalidad. (Dt 26:12-15.) Cualquier cosa que se retenía de forma indebida se consideraba como algo robado a Dios. (Mal 3:7-9.)
"Los cristianos no tiene la obligación de pagar el diezmo como exigia la ley"
Jesús en ningún momento les ordenó a los cristianos del primer siglo que pagasen diezmos. Bajo la Ley, que se dió por medio de Moisés el propósito principal había sido apoyar el templo de Israel y su sacerdocio. Por consiguiente, la obligación de pagar el diezmo terminaría cuando el pacto de la ley mosaica finalizara, en otras palabras que llegaría a su fin con la muerte de Cristo en el madero de tormento. (Ef 2:15; Col 2:13, 14.)
Es cierto que los sacerdotes levíticos continuaron sirviendo en el templo de Jerusalén hasta que este fue destruido en el año 70 E.C., pero desde el año 33 E.C. los cristianos llegaron a ser parte de un sacerdocio espiritual nuevo, un sacerdocio que no necesitaba diezmos. (Ro 6:14; Heb 7:12; 1Pe 2:9.)
Eso si a los cristianos se les animaba a apoyar el ministerio, tanto mediante su propia actividad ministerial como mediante sus contribuciones materiales. En vez de dar cantidades fijas para sufragar los gastos de la congregación, habían de contribuir ‘según lo que tenía la persona’, dando ‘como lo había resuelto en su corazón, no de mala gana ni como obligado, porque Dios ama al dador alegre’. (2Co 8:12; 9:7.)
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